Elogio de nuestros rebeldes desde la Nieuwe Kerk de Amsterdam

Ni siquiera llegamos a ponernos de acuerdo en algo que debería estar bastante claro: ¿contra quién se rebelaron en realidad los “rebeldes olandeses” durante los ochenta años -con alguna tregua- que sólo finalizaron tras la Paz de Münster en 1648? ¿Contra los españoles o contra sus propios reyes (de los holandeses)?

A fin de cuentas, sus territorios formaban parte de la herencia borgoñona que, recibida de su abuela, el Emperador Carlos, nacido en ellos (en Gante), había transmitido a sus descendientes a la vez que tantas otras posesiones europeas ligadas a los Habsburgo. Hasta ese momento nuestras relaciones con los Países Bajos habían sido comerciales, artísticas y literarias pero nada más. No eran “nuestras” sus tierras y con los habitantes de ellas sólo coincidíamos en tener al Emperador como soberano común. El rey de España lo era también por derecho propio, entonces, de las Provincias Unidas. Y la rebelión de sus súbditos en el siglo XVI era, sin duda, algo que no enternecía precisamente a los soberanos.

El encabezamiento del poder que el “Señor Rey de las Españas”, a la sazón Felipe IV, otorgó en 1646 a su embajador plenipotenciario, Gaspar de Bracamonte, para negociar la paz de Münster es la mejor muestra de hasta dónde se extendía, más de un siglo después, aquella herencia que incluía los territorios borgoñones: “Don Phelipe por la graçia de Dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Hierusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valençia, de Galiçia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, de Córzega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Bravante y Milán, Conde de Abspurg, de Flandes, Tirol y Barzelona, Señor de Vizcaya y de Molina, etc.”

Me hacía estas reflexiones al ver cómo la ya princesa Catalina Amalia, a su nueve años (por cierto, su cara tiene un cierto parecido con el retrato de la infanta Margarita Teresa, también con traje azul, pintado por Velázquez que luce en el Kunsthistorisches Museum de Viena), entonaba junto a su recién abdicada abuela y bajo la mirada atenta de sus padres el himno de los Países Bajos, el antiguo Wilhelmus, en cuya primera estrofa Guillermo de Orange-Nassau proclama que “al rey de España rendí yo siempre honor”. Creo que ni la princesita ni el resto de los asistentes llegaron a cantar la décima de las estrofas del mismo himno, en la que las cosas se tuercen un poco y ya sale a relucir “el español cruel”. El himno, todo hay que decirlo, data de 1560.

Su protagonista Guillermo de Orange-Nassau (también Guillermo el Taciturno, o Guillermo el Silencioso) era un alemán -originariamente luterano, más tarde católico, finalmente calvinista- que había heredado en 1544 de uno de sus primos, por un azar del destino, el principado francés de Orange, unido desde 1530 a la Casa de Nassau (en tierras del Imperio), junto con sus posesiones en los Países Bajos. Carlos V le trajo a Bruselas, le puso bajo la supervisión de su hermana María de Austria, regente de aquellos territorios, y le nombró comandante de uno de sus ejércitos y miembro del Raad van State en 1555, el mismo año en que el Emperador abdicó a favor de su hijo Felipe. Años después Guillermo, gobernador de las provincias de Holanda, Zelanda y Utrecht, se enfrentaría a Felipe II y se convertiría en el “padre de la patria” de los Países Bajos.

En su discurso de investidura de 2013 el heredero de la Casa de Orange-Nassau (esta vez Guillermo Alejandro, casado para mayor coincidencia con una argentina descendiente de españoles a la que conoció en la Feria de Sevilla) prometía ante los Estados Generales, “con la ayuda de Dios Todopoderoso”, fidelidad al Estatuto del Reino y a la Constitución de los Países Bajos. Y lo hacía tras citar expresamente como momento fundacional de su país el Acta de Abjuración, la Plakkaat van verlatinghe que los Estados Generales hicieron pública en 1581 y en la que se desvinculaban de su hasta entonces soberano, Felipe II, acusándole de no respetar los usos y privilegios de las Provincias Unidas y tratar de esclavizar sus conciencias.

Un heredero español de Felipe II, también de nombre Felipe, asistía, como invitado, a la ceremonia de investidura real de Guillermo Alejandro, descendiente de Guillermo de Orange, en la Nieuwe Kerk de Amsterdam. Otro Guillermo y otro Felipe, casi quinientos años después. España y los Países Bajos habían firmado la “paz perpetua” en 1648 una vez que otro Felipe (el IV) tuvo que rendirse a la evidencia, con la ayuda de los ejércitos franceses, de que la guerra de Flandes era imposible de mantener a la vez que el resto de los conflictos, internos y externos, que la Corona de España afrontaba.

En el poder que Felipe IV (todavía Duque de Borgoña, de Brabante y de Flandes) otorgaba en 1646 a su embajador plenipotenciario, Gaspar de Bracamonte, para el “congresso y negociación de dicha paz en la villa de Münster, en Westfalia”, manifiesta que desea encaminar “el reposso y tranquillidad de los súbditos y havitantes de las Provincias de los Payses Bajos para que descansen de tan larga y cruel guerra, para llegar tanto mejor a una paz general en Europa en bien de la Christiandad”. Y así ocurrió, conformándose desde Westfalia un mapa de Europa que, en lo sustancial, se ha mantenido hasta nuestros días.

El manuscrito original del Tratado de Münster, en francés, que se conserva en el Archivo General de Simancas, da fe en su primer artículo de la independencia de las Provincias Unidas: “Premierement declare le dit Seigneur Roy et recognoit que les dits Seigneurs Estats Generaux des Païs Bas Unis et les Provinces d’iceux, repectivement, avec touts leur païs associés, villes et terres y appartenants, sont libres et souverains Estats, provinces et païs sur lequels, ni sur leur païs,villes et terres associés comme dessus luy dit Seigneur Roy ne pretend rien et que presentement ou ci apres, pour soi mesme, ses hoirs et successeurs, il ne pretendra iamais rien, et qu’ensuite de ce, il est content de traitter avec les dits Seigneurs Estats, comme il fait par le present, une paix perpetuelle aux conditions ci apres escrites et declarées”.

Los rebeldes, quienes se consideraban “nuestros” rebeldes, dejaban de serlo. Siglos después, con la historia ya apaciguada (aun cuando subsistan muchos de los antiguos estereotipos en ambas naciones), España y los Países Bajos tienen lazos e intereses comunes, en gran medida determinados por su pertenencia a la Unión Europea. Y creo que es de justicia hacer un elogio de los sucesores de aquellos rebeldes, que han llegado formar una de las sociedades occidentales a la vez más prósperas y estables.

En su siglo de Oro los Países Bajos contaban ya con la Compañía de las Indias occidentales, con humanistas como Erasmo, juristas como Hugo Grocio, pintores como Rembrandt o Vermeer, cosmógrafos como Blaeu, científicos como Huygens y filósofos como Spinoza. Desde entonces han sabido construir no sólo un país más grande (“Dios hizo el mundo, pero los holandeses crearon los Países Bajos”, les gusta repetir) sino una de las potencias occidentales en todos los mares, con territorios coloniales bien alejados. Por algo Rotterdam, en el estuario del Rhin y del Mosa, sigue siendo la puerta de entrada marítima de Europa.

Apegados a sus tradiciones históricas, bastaba ver cómo los representantes de los mismos Estados Generales de 1581 prometían o juraban en 2013 (la mayoría de ellos también “con la ayuda de Dios Todopoderoso”) la renovación su pacto con la Casa de Orange-Nassau, bastaba verlos, digo, para comprender la fortaleza de las instituciones de una nación que cree y se respeta a sí misma. La sociedad neerlandesa, con sus defectos y desfallecimientos ocasionales, se ve cohesionada y sus políticos -entre los que tampoco faltan personajes poco recomendables- han cultivado el arte del compromiso y de la coalición antes que el enfrentamiento cainita.

Nacidos en un país sin otro recurso natural que el agua -cuyos cursos y avenidas han aprendido a contener y regular- los neerlandeses han creado grandes multinacionales; han mantenido su historia de navegantes y comerciantes natos; han diseñado no sólo unas relaciones laborales en las que el trabajo a tiempo parcial está consolidado sino también un sistema de seguridad y políticas sociales difícilmente replicable. Han logrado, en fin, una estabilidad y un crecimiento económico envidiables.

Los habitantes de los Países Bajos no renuncian a su difícil idioma pero a la vez dominan a la perfección el inglés desde niños. En el ranking de las cien mejores universidades del mundo, del que las españolas están ausentes, cuentan con siete (las de Leiden, Utrecht, Wageningen, Erasmus, Delft, Amsterdam y Groningen). El gobierno trata de que su sociedad civil sea “emprendedora y sostenible” y que, por el contrario, la actuación propiamente gubernativa sea “smaller and more effective.”

Tanto la sociedad neerlandesa como sus instituciones son bien conscientes de que la unidad de la nación, ganada durante siglos a base de gran esfuerzo, es indiscutible, como lo debe ser la confianza recíproca. A esta última aludía el heredero de Guillermo de Orange-Nassau cuando, en la Nieuwe Kerk de Amsterdam ante los Estados Generales y con la presencia del futuro heredero de Felipe II, entre otros invitados, afirmaba (lo transcribimos en inglés, tal como lo hace la versión oficial) que “I want to establish ties, make connections and exemplify what unites us, the Dutch people, and not only in times of great joy or deep sorrow. Thus, as King, I can strengthen the bond of mutual trust between the people and their government”.

“Nuestros” antiguos rebeldes se merecen, por todo ello, nuestro elogio sincero.

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