“Libros peregrinos” siglos antes del Kindle

Una carta escrita en 1557 por Francisco Cano al secretario Gabriel de Zayas da cuenta de las dificultades y trabajos necesarios para trasladar a San Lorenzo de El Escorial, conforme a los deseos del Rey Nuestro Señor (obviamente Felipe II), los fondos bibliográficos precisos que habían de nutrir la biblioteca del Real Sitio. Y en aquella carta aparece la expresión “hazer thesoros de libros peregrinos” cuya rúbrica encabeza uno de los capítulos de la obra-catálogo “Lecturas de Bizancio. El legado escrito de Grecia en España”, fruto de la exposición celebrada en la Biblioteca Nacional durante el otoño de 2008.

Los “libros peregrinos” correspondían, en muy buena parte, a la diáspora de códices y manuscritos griegos que desde años antes de la caída de Constantinopla habían sido puestos a buen recaudo en tierras más seguras que la capital del Imperio Romano de Oriente, amenazada ya por la inminente invasión turca. A la vez que se producía la translatio studiorum, la emigración de los intelectuales bizantinos a la Europa occidental en las últimas décadas del Imperio, los riquísimos fondos documentales griegos, pacientemente reunidos durante siglos en las bibliotecas y monasterios bizantinos, se repartieron y se copiaron de modo masivo a lo largo de la primera mitad del siglo XV por toda Europa, en especial en Italia (con preferencia por Venecia, Sicilia y la antigua Magna Grecia), Francia y Flandes.

El interés de Felipe II por reunir “todos los libros exquisitos” que pudiera para la biblioteca de El Escorial es perceptible en sus instrucciones a los embajadores, sus cartas a humanistas ilustres (Arias Montano, por ejemplo) y en las adquisiciones a intermediarios y mercaderes (la “industria cultural” de la época, singularmente de Amberes, Roma y Venecia), así como en las expediciones a los territorios griegos ya ocupados por los turcos en los que aún podían encontrarse, como es lógico, muy numerosos ejemplares en riesgo de desaparición u olvido irremisible.

La colección de “libros peregrinos” procedentes de Bizancio y expandidos por toda Europa fue posible por la riqueza bibliográfica que desde los primeros siglos del Imperio se había ido gestando y que abarcaba no sólo los obligados textos sagrados y religiosos (objeto de especial atención y veneración) sino también los clásicos griegos de la antigüedad no olvidada. Y su conservación durante más allá de un milenio en los focos del saber bizantino hizo posible la continuidad del legado cultural en el que todavía hoy nos reconocemos como europeos. Las obras de Homero, Herodoto, Tucídides, Platón, Aristóteles, pero también las de Esquilo, Sófocles o Eurípides, nunca dejaron de formar parte de la educación en Constantinopla.

El fenómeno de la continuidad cultural entre el oriente y el occidente europeo hasta la caída de Constantinopla en 1453 y en los siglos inmediatamente ulteriores no es suficientemente conocido. Basada precisamente en la minuciosa tarea de copia de los antiguos códices, la supervivencia de buena parte del legado clásico fue posible en un mundo (el del mediterráneo oriental) que aspiraba a entrelazar y no a separar las tradiciones griega, romana y cristiana. El imperio que regia este mundo, unido desde muchos siglos antes que Carlomagno, con una lengua y una religión común, tuvo mucho más importancia histórica de la que solemos reconocerle en occidente, quizás como efecto colateral y aún perdurable del cisma religioso que fracturó la unidad del cristianismo, a raíz del cual los “latinos” nunca llegaron a admitir en su justa medida la importancia, religiosa a la vez que cultural, de Bizancio. Y la formación inicial de lo que después conoceríamos como “Cristiandad” tuvo lugar en aquellas tierras, que tuvieron una historia compartida con las de Roma durante casi un milenio, hasta la “gran discordia” de 1054.

Es cierto que, a los ojos occidentales, la evolución del Imperio Romano de Oriente tuvo un ritmo en exceso lento (lo que permitiría a Edward Gibbon, con más brillantez que seriedad, hablar de “mil años de historia de decadencia”) y es cierto también que el foco de atención de Constantinopla era preferentemente religioso, antes que profano o secular. Pero todo ello no puede hacernos olvidar la contribución clave de los “romanos” (de este modo se llamaban a si mismos los habitantes de Bizancio, capital que siempre se consideró la continuadora natural de Roma) a la transmisión de la cultura que hoy respiramos, muchas veces sin saber su origen.

Bizancio tuvo, además un papel clave a partir del siglo séptimo en la defensa del occidente europeo, amenazado por el fulgurante despliegue del Islam. Europa tal como la conocemos pudo muy bien no haber existido sin el “escudo” protector de Constantinopla que controló el avance islámico en Asia Menor e impidió a los árabes desde el año 678 su anhelado paso a través de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos para ocupar los Balcanes y, a partir de allí, Italia y toda la Mitteleuropa. El designio y la ambición confesada del Islam desde sus inicios era la conquista de ambas orillas del Mediterráneo. De poco hubiera servido, tras la caída de la Hispania visigoda, que Carlos Martel los frenara cerca de Poitiers si los ejércitos árabes hubieran podido recorrer y sojuzgar Europa desde el Este, cuyas puertas quedaron protegidas durante más de mil años por Bizancio.

Esta formidable labor de contención del peligro invasor, por un lado, y de continuidad cultural y religiosa, por otro, es perceptible con toda claridad en la producción literaria e historiográfica de Bizancio, de la que formaban parte los “thesoros” a los que se refería la carta de Francisco Cano al secretario real Zayas. Los manuscritos bizantinos que “peregrinaron” por toda Europa hasta su actual asentamiento en las bibliotecas y colecciones actuales, ya convertidos en verdaderos “thesoros”, no tenían, por ello, solo un mero valor bibliográfico.

La adquisición de los “libros peregrinos” en los siglos XV, XVI y XVII tampoco respondía a un enfermizo afán de coleccionista (Quevedo afirmaría en un conocido soneto dedicado a los ignorantes compradores de libros que “no es erudito, que es sepulturero / quien solo entierra cuerpos [volúmenes] noche y día; / bien se puede llamar libropesía /sed insaciable de pulmón librero”). Con ellos, por el contrario, se hizo posible la transmisión del legado que permitiría el renacimiento occidental europeo y el desarrollo ulterior de nuestra civilización.

Las vicisitudes de cada uno de los manuscritos “peregrinos” son, a su vez, vivo reflejo de nuestra historia, de lo que bastará un ejemplo señero. Dentro de las posesiones de la Corona española en Italia (más concretamente, en el virreinato de Sicilia), la escuela de griego de Mesina, en el monasterio de San Salvatore, fue uno de los grandes centros de producción manuscrita mediante la copia de los antiguos códices griegos, clásicos, religiosos y profanos. En aquella escuela Andronico Galesiote, monje y escriba bizantino, inició la copia de la Iliada, que dejó inacabada al morir, en cuya obra le siguió el abad Cosmas Trapezuntio hasta su culminación. Donado el manuscrito en 1480 a la biblioteca de la Catedral de “los latinos” de Mesina, formó parte de la colección que el virrey Francisco de Benavides confiscó durante las revueltas sicilianas de 1674-1678 y su sucesor, el IV Duque de Uceda, trajo a España cuando en 1696 acabó su mandato. La preciosa colección de Uceda, que junto a aquel “thesoro” peregrino de la Iliada contenía otros muchos códices “exquisitos”, siguió la suerte de su propietario, que había apostado en la Guerra de Sucesión por el Archiduque y no por el Borbón: Felipe V se la incautó y pasaría después a integrar los fondos bibliográficos de la Biblioteca Real (hoy Nacional) que el monarca inauguró en 1712. Allí “reposan” de su accidentado peregrinar los 24 cantos de la Iliada que contiene el manuscrito Ms. 4560.

Homero (de cuya obra alguien dijo que el resto de la literatura occidental no son sino migajas) quizás no fuera consciente de que, al narrar la funesta cólera de Aquiles, el de los pies ligeros, su Iliada iba a ser reproducida una y otra vez durante los milenios subsiguientes, primero en la Grecia clásica y luego en las escuelas y monasterios bizantinos, hasta convertirse en un “thesoro peregrino” que viajaría siglos después desde el oriente hasta el occidente europeo.

Si hoy Amazon nos puede ofrecer en el Kindle versiones digitales free (en griego y en inglés, al menos) de la Iliada y de otros clásicos es en buena parte gracias a aquellos humildes y para la mayoría desconocidos bizantinos que, al igual que Cosmas Trapezuntio, incluían al final del manuscrito Ms. 4560 inscripciones como la que sigue: “De las rapsodias de Homero final de la Iliada. Fue transcrito desde la letra N por el indigno monje Cosme: ruego a los que la lean que tengan un recuerdo para mi, el copista”.

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