De luciérnagas, lenguaje, políticos… and pure wind

Leonardo Sciascia recuerda en las primeras páginas de su libro sobre el asesinato de Aldo Moro una frase con la que Passolini describía, en un artículo publicado en 1975, los atisbos iniciales de lo que luego sería la descomposición del principal partido de la política italiana: “como siempre, sólo en el lenguaje ha habido síntomas”.

Afirmaba Passolini que durante la primera fase de la transición de aquel partido (desde el fin de la guerra hasta lo que denominaba “la desaparición de las luciérnagas” esos animalitos –léase políticos honrados- que no pueden sobrevivir en un escenario de contaminación ambiental), “los hombres de poder democristiano cambiaron de pronto su manera de expresarse y adoptaron un lenguaje completamente nuevo, y tan incomprensible como el latín, por cierto, […] con el objeto, hasta ahora formalmente logrado, de conservar el poder”.

Recordaba yo esta cita de Sciascia mientras releía el ensayo escrito en 1946 por Victor Klemperer sobre “La lengua del Tercer Reich”, un análisis estremecedor (autotitulado, con no poca modestia, “apuntes de un filólogo” y vuelto a publicar años más tarde bajo la rúbrica “Die umbewaltige Sprache”) sobre una de las cuestiones quizás menos conocidas de los años que, a justo título, sus editores españoles califican como “los más escalofriantes de la política europea”. George Steiner, que manifiesta no haber leído la obra de Klemperer cuando él mismo publicó en 1959 “El Milagro hueco” (incorporado luego a su obra “Lenguaje y Silencio”), describe también en su propio artículo, y con toda crudeza, las relaciones entre la inhumanidad política y la nueva jerga nazi.

La lectura de la Lengua del Tercer Reich (a la que Klemperer se referirá con sus siglas LTI, lingua tertii imperii) demuestra, al igual que después lo hará Passolini, cómo ninguna sociedad –y la alemana era de las más cultas de su época- permanece ajena a los peligros de manipulación de la lengua, por decirlo en palabras de la edición española. George Orwell también lo había demostrado cuando escribió en 1946 su obra “Polítics and English Language”, de la que Garton Ash afirma que si sólo pudiéramos leer un ensayo suyo, este sería el elegible, tal es la maestría con que revela los vínculos entre la corrupción del lenguaje y la política opresiva. Entre nosotros Rafael Sanchez Ferlosio ha dado testimonio de la gravedad del fenómeno y, a su modo, recientemente, Alex Grijelmo (en “La seducción de las palabras”) ha expuesto numerosos ejemplos de tergiversación intencionada del lenguaje contemporáneo, al tiempo que Javier Marías ha publicado una recopilación de sus lúcidos artículos (“Lección pasada de moda. Letras de lengua”) sobre esta plaga.

Aunque el conocimiento de la precisa lengua alemana ayuda a entender mejor la magnitud de aquel fenómeno, el libro de Klemperer traducido al castellano es perfectamente comprensible sin necesidad de apreciar, por ejemplo, las sutiles diferencias entre los adjetivos eiferer (exaltado) y schwarmer (entusiasta) como alternativas desechadas por la LTI ante la creciente utilización del adjetivo fanatisch a cargo de los nazis para reivindicar –en positivo- el grado de adhesión que esperaban de sus “fieles”.

Afirma Kemplerer que el término fanatismo no atravesó la puerta de Brandenburgo hasta 1932. Pero años más tarde dejó de tener su fuerte carga negativa y de definir una característica amenazadora y repelente para convertirse en adjetivo que manifestaba reconocimiento en modo y grado superlativos. “En los días festivos”, añade, “en el cumpleaños de Hitler o en las celebraciones de la toma del poder, no había artículo periodístico, ni felicitación, ni proclama dirigida a una unidad militar o a alguna organización que no incluyera un “juramento fanático” o una “profesión fanática de fe”, que no demostrara una “fe fanática” en la duración eterna del imperio hitleriano […] Cuando más sombría se mostraba la situación tanto más se manifestaba la “fe fanática en la victoria final”, en el Führer, en el pueblo o en el “fanatismo del pueblo” como virtud alemana fundamental”.

Y Steiner, por su parte, relata cómo las palabras perdían en aquellos años su significado original para adquirir acepciones de pesadilla, de modo que la endgultige Losung (“la solución final”) no era sino la tapadera que encubría el asesinato de millones de seres humanos en los hornos crematorios.

Por fortuna estamos muy lejos de aquellos “oscuros y tormentosos” años. Pero el uso político del lenguaje para enmascarar, antes que para hacer transparentes, las propias opciones políticas sigue gozando de magnífica salud. Coexiste, además, tanto con una epidemia generalizada de corrección política (no necesariamente identificada con aquel fenómeno sino más bien fruto contemporáneo del tributo a la constante matemática de estulticia humana de la que hablaba Carlo Cipolla) y con la creciente ignorancia de la lengua por quienes, a causa de su vocación o profesión “parlamentaria” (de parlare, hablar una lengua), debían ser celosos guardianes del tesoro que encierra. La epidemia es en realidad pandemia, de lo que da fe su análisis por filólogos, lingüistas y especialistas de otras disciplinas en todos los países (les invito a la lectura de “On Bullshit”, el trabajo publicado en el año 2010 por el filósofo norteamericano Harry K. Frankfurt).

La corrección política, sin embargo, ha dado origen a perlas preciosas sin duda cautivadoras. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, el hallazgo de las “soluciones habitacionales”? Y nadie podrá tildar de intolerante (fea palabra, la intolerancia) al político que proponga una “tolerancia cero” contra según que conductas. La intolerancia es mala, la tolerancia cero óptima. Los ejemplos de eufemismos en el argot político-económico darían para un tratado, presididos por la afortunada invención de los “crecimientos negativos” o por la “desaceleración del incremento” del paro: con esta última el titular de la cartera correspondiente no tendrá necesidad de explicar el mayor número de parados, respecto a un período previo, sino limitarse a afirmar que no subió tanto como lo había hecho en aquel período anterior bajo el (siempre) impresentable gobierno precedente.

Pero volvamos a la tergiversación intencionada. En un artículo anterior (“Desde San Esteban de Gormaz se divisa Bruselas cuando no hay niebla”) me refería al uso impropio del adjetivo “histórico”, sin duda herido de muerte por su empleo políticamente manipulado. Como las desgracias nunca vienen solas, en los últimos meses asistimos al descubrimiento del “derecho a decidir”, sin más complementos directos, o a la epifanía de las “estructuras de Estado” y de los “sujetos de soberanía”, igual que años antes supimos de la existencia de “el conflicto” en singular, el conflicto por antonomasia, suma indiscriminada y causa universal de todos los males, pasados y presentes y aun futuros, que aquejaban a una determinada región española (y el nombre mismo de región es descalificado o tildado como sospechoso de centralismo).

Casi innecesario resulta añadir que el adjetivo “nacional” se ha convertido (en el lenguaje político, digo) prácticamente en un casus belli si se aplica a instituciones u órganos de la Nación española en su conjunto, mientras que es reivindicado con entusiasmo (¿fanatisch?) para las correspondientes instituciones de algunos de los “subsistemas territoriales” que la componen. No me negarán que el uso de la perífrasis “subsistema territorial” (quizás también “subdivisión territorial”) es un buen invento, equidistante, neutral, que hará las delicias de quienes prefieran evitar las denominaciones clásicas con las que veníamos designando las diferentes partes de un Estado.

La descomposición de la política, por retomar a Sciascia y a Passolini, tiene su primer e inequívoco síntoma en la tergiversación del lenguaje. Si la desaparición de las luciérnagas, por su incapacidad de sobrevivir a la contaminación, es perceptible en el panorama de nuestra la clase política, cuyos niveles de turbiedad ambiental se han disparado hasta extremos que alejan de ella a quien sólo quiera emitir destellos de luz y claridad, la vuelta de esos animalillos será difícil si no logramos desinfectar nuestro idioma de los virus que los políticos –y no sólo ellos- han inoculado en él.

Nuestro idioma se encuentra, en efecto, infectado por estas patologías que han degradado su dignidad para convertirlo en instrumento de disimulo, cuando no de falsía, reduciendo las palabras a señuelos. Lo grave no es sólo, insisto, que se extienda el uso de los eufemismos como medios de ocultación lingüística de las realidades políticas. Lo realmente preocupante es que mediante la manipulación del habla se manipule a la vez el pensamiento y de manera subliminal las actitudes y las decisiones de quienes asisten impasibles simultáneamente a la degradación de la verdad y a la voladura del idioma.

En nuestras manos está. Afirmaba José Luis Pardo al reflexionar sobre la perversión del lenguaje en el año 2004 que la situación “[…] es aún más grave cuando los hablantes —en cuyas manos y labios está, en definitiva, siempre la lengua, pues ni ella tiene otra posible residencia ni nosotros otro lugar en donde reclinar la cabeza— operan la mayor de todas las perversiones y fraguan la peor de todas las mentiras: la que afirma que ellos no pueden hacer nada para impedirlo”. Orwell lo había expresado con análogos términos cuando en 1946 escribió el ensayo al que antes me referí: lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse ante ellas. Y tanto menos cuanto que se trate del lenguaje político diseñado “to make lies sound truthful […] and to give an appearance of solidity to pure wind.”

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