Desde San Esteban de Gormaz se divisa Bruselas (cuando no hay niebla)

Se cuenta de un famoso escritor que, al pronunciar una conferencia en Cádiz, afirmaba que desde la Caleta se veían los tejados de la Habana los días claros en que no había niebla. Ante la perplejidad de alguno de los asistentes, añadía: “cuando no hay niebla en los ojos de quien mira”. Tal era la cercanía que a su juicio existía entre las dos ciudades a las que el Atlántico une más que separa.

En 1187 Alfonso VIII de Castilla reunió en San Esteban de Gormaz a los “representantes” del reino para pedirles su consentimiento sobre el futuro matrimonio de Berenguela, su “ilustre hija” mayor, con Conrado, el “ilustre hijo del emperador de los romanos” y duque de Rotenburch. Es lógico suponer que antes de esa fecha habían existido contactos entre la corte castellana y la casa imperial de los Hohenstaufen para negociar las nupcias.

En aquel momento Federico Barbarroja era, en efecto, el “emperador de los romanos” y su embajador estaba presente en la curia de San Esteban de Gormaz.

Prestado el consentimiento de los asistentes, estos juraron fidelidad a Berenguela como heredera y sucesora al trono de Castilla, a falta de hijo varón, conforme a las leyes y usos del reino. Y el contrato matrimonial (en realidad, el compromiso de matrimonio) fue formalizado mediante el Tratado de Selingestadt que el 23 de abril de 1188 firmaron en esta ciudad alemana Alfonso “por la gracia de Dios rey de Castilla y Toledo” y Federico “por la gracia de Dios emperador de los romanos y siempre augusto”. En el tratado hacían ambos las promesas prenupciales correspondientes (de enviar al hijo a Castilla y de entregar a la hija) y establecían las capitulaciones matrimoniales; fijaban las donaciones propter nuptias “que vulgarmente se llaman entre los Romanos dote y entre los Hispanos arras” y, sobre todo, especificaban los –muy limitados- derechos de que gozaría Conrado, el futuro esposo, en cuanto a la sucesión del trono de Castilla y el gobierno del reino.

En San Esteban de Gormaz y en Selingenstad estaba presente, como era lógico, la Reina Leonor, esposa de Alfonso VIII y madre de la desposada Berenguela. Y Leonor, a su vez, era una Plantagenet, nacida en Normandía en 1151, princesa del reino de Inglaterra en cuanto hija de Enrique II (sí, el amigo de juventud y luego instigador del asesinato del arzobispo Thomas Becket ante el altar de la catedral de Canterbury, cuya culpa más tarde expiaría) y de Leonor de Aquitania.

La Reina Leonor de Castilla, al dar en promesa su hija a un Hohenstaufen, probablemente recordaría, primero en San Esteban de Gormaz y luego en las brumosas tierras alemanas, cómo casi veinte años antes (en 1169) los emisarios castellanos se habían desplazado a Londres para firmar sus propios esponsales con Alfonso VIII y traerla a España, viaje que, tras la aprobación de sus padres, Leonor hizo acompañada de los nobles de Inglaterra, Bretaña, Normandía y Gascuña, y de los obispos de Burdeos, Angulema y Poitiers.

Rememorar estos acontecimientos, acaecidos hace casi novecientos años (y magistralmente analizados por H. Salvador Martínez en su obra “Berenguela la Grande y su época”), no es un ejercicio de erudición gratuita y baldía, como alguien podría pensar. Las relaciones del reino de Castilla con el resto de las cortes europeas formaban parte de una tradición medieval que trasciende el hecho anecdótico y tiene un significado mucho más profundo. Si conociéramos algo nuestra historia no nos sorprendería contemplar aún hoy en Covarrubias (no lejos de San Esteban de Gormaz) el sarcófago y la estatua de una joven princesa escandinava, Cristina, hija de Haakon IV de Noruega, que vino del frío para escoger como marido precisamente a un bisnieto de Leonor de Castilla, hijo de Fernando III el Santo; ni admirar la efigie orante de otra joven princesa, esta vez alemana, Beatriz de Suabia (née Elisabeth von Hohestaufen), que desde la capilla de la Virgen de los Reyes en la catedral de Sevilla nos recuerda con orgullo su condición de hija de un emperador (el del Sacro Romano Imperio), nieta por vía materna de otro (Isaac II Angelo de Bizancio), esposa de un rey de Castilla (Fernando III) y madre de otro (Alfonso X el Sabio).

¿A qué viene todo esto en la España de hoy? Si Cicerón ya afirmaba que la ignorancia de la historia, de lo ocurrido antes que nosotros, nos condena a “ser siempre como niños”, no debería sorprendernos en exceso el infantilismo de buena parte de nuestra sociedad. Pero, al margen de ello, las relaciones intraeuropeas del reino de Castilla durante la Edad Media –que, obviamente, tuvieron continuidad en el tiempo mucho más allá del siglo XII- me sugieren al menos dos reflexiones.

La primera, teñida de melancolía cuando no de desaliento, es el abuso interesado del adjetivo “histórico” que para sí o para sus intereses algunos representantes políticos han practicado y siguen practicando. No me referiré a la reciente constricción de la “memoria histórica” al período de la guerra civil y la posguerra, que se (des) califica por ella misma. Si lo haré, sin embargo, a los “derechos históricos”, las “comunidades históricas”, los “territorios históricos”, los “hechos históricos diferenciales” y otras expresiones similares. Todas ellas parecen –y buscan intencionadamente- limitarse a ciertas regiones de España y no a otras, como si estas últimas hubieran aparecido por primera vez en el escenario nacional con sustantividad histórica en 1978 o careciesen de ella en términos absolutos.

La apropiación del adjetivo “histórico” como clave de todo nacionalismo irredento, que busca afanosamente reivindicar su pasado mítico e independiente, segmenta en su provecho los vínculos seculares con el resto de territorios y (conforme al viejo apotegma romano inclusio unius, exclusio alterius) supone un intento de despojar del pasado a quien lo tiene y lo puede mostrar orgulloso. Se trata en realidad de una singular modalidad de la damnatio memoriae, el mecanismo con eficacia retroactiva utilizado por todos los totalitarismos para borrar las huellas del pasado cuyo conocimiento actual resulta incómodo, o simplemente molesto, al tirano.

La segunda reflexión tiene mayor alcance y en cierto modo ya la he anticipado al emplear el adjetivo “intraeuropeas” para calificar las relaciones medievales entre la corte de Castilla y el resto de unidades políticas del continente (incluidas las islas británicas). Con toda normalidad y en pie de igualdad se trazaban vínculos, dinásticos y de otro orden (comercial, cultural), con el resto de Europa, de modo singular con Francia, incluida Borgoña o el imperio angevino, Inglaterra (Quevedo dirá después en una de sus “migajas sentenciosas”: “Francia y España, las balanzas de Europa; Inglaterra, el fiel”) y el Sacro Imperio Romano Germánico. Existían períodos de buenas y de malas relaciones, de paz y de guerras, de alianzas y de abandonos, pero los reinos peninsulares, con Castilla a la cabeza, eran protagonistas “naturales” de la historia europea.

Siglos más tarde, según decía el romance, “con la grande polvareda / perdimos a Don Beltrán”. Hasta llegar a la desconcertante situación en la que, paradójicamente, los políticos –y no sólo ellos- españoles de hoy hablan frecuentemente de “Europa” como si fuese una realidad ajena, cercana pero ajena, a España. Como si “ellos” (los europeos), en su conjunto, tuviesen una existencia separada de la nuestra, o como si las instituciones comunes europeas, las “leyes que vienen de Europa” y las decisiones que se adoptan en Bruselas (léase Berlín) procedieran de otro mundo en el que nuestra integración ha sido más nominal que real. Con la añadidura de que, para algunos, nuestra pertenencia a “Europa” comenzó en 1986…

Espero (sin demasiada confianza, para qué ocultarlo) que en el imaginario colectivo de los españoles algún día “Europa” vuelva a ser lo que durante tantos siglos fue, el escenario natural y más próximo de nuestras vidas, y no sólo desde el punto de vista económico. Quizás la proyección americana desvió, en un momento dado, nuestra atención a los asuntos europeos hacia más allá del Atlántico, lo que pudiera explicar el aislamiento pirenaico, pero es necesario que volvamos a retomar una ruta que Castilla empezó a transitar desde sus orígenes milenarios.

Retornaré a San Esteban de Gormaz. Años después (en 1200) Leonor de Aquitania, ya anciana, pasó los Pirineos para elegir, de entre sus nietas castellanas (hijas de Leonor de Castilla y Alfonso VIII), una reina de Francia. La escogida, Blanca, hermana de Berenguela, contrajo matrimonio con el futuro Luis VIII de Francia, al que daría un heredero, Luis IX, a la vez Rey de Francia y canonizado por la Iglesia, al igual que su primo Fernando III el Santo. Por su parte, la hermana de Blanca, Berenguela, cuyo matrimonio con Conrado, pactado en San Esteban y en el Tratado de Selingenstad, nunca llegó a realizarse al quedar sin efecto el contrato de esponsales por el nacimiento de un heredero varón al trono castellano, contrajo matrimonio con el rey de León, de cuyo enlace –además de recobrar la unión castellano leonesa- nacería también otro heredero, el infante Fernando, luego Rey de Castilla y León (Fernando III).

Ni Leonor de Aquitania, ni Leonor de Castilla ni Berenguela pudieron llegar a leer la General Estoria ni la Estoria de España que mandó componer quien era nieto de Berenguela, bisnieto de Leonor de Castilla y tataranieto de Leonor de Aquitania. Alfonso X el Sabio, en su ignorancia, no sabía que el verdadero título de su obra hubiera debido ser, para respetar la corrección política más allá del Ebro, “Estoria del Estado Español”.

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