¿El fin de una civilización?

A principios del siglo XX el historiador inglés Arnold J. Toynbee publicó su obra más conocida, Estudio de la historia. Ha sido, hasta el momento, el intento más riguroso y completo de conseguir una explicación del auge y caída de las civilizaciones. Su tesis central incorpora dos complementarias: una teoría cíclica de la historia (génesis, auge, decadencia y nueva génesis de las civilizaciones) y una teoría denominada “desafío/respuesta”, según la cual las civilizaciones avanzan y progresan siempre que logren superar los retos que tienen ante sí, pero se estancan y entran en decadencia en el momento en que no son capaces de sobrepasarlos.

Como factor común a ambas teorías el historiador inglés sitúa a una minoría selecta o grupo pionero, a modo de representantes o guía del resto de la sociedad, de tal forma que cuando deja de ser referente de la mayoría y no aporta su “espíritu creativo” empieza el colapso de aquella civilización. Arnold Toynbee se atreve incluso a describir algunos signos que marcan el turbulento final de las civilizaciones: la vulgarización de las maneras, el abandono de las formas del arte, la simplificación del lenguaje, la expansión del pensamiento sincrético o el dejarse arrastrar al mundo de los sentidos ¿No les son familiares estos signos?

Los postulados de Toynbee fueron muy criticados en su momento y hoy se consideran superados. Lo mismo sucedió con el libro de Oswald Sprengler La decadencia de Occidente en el que apuntaba al final de la sociedad occidental tras la destrucción que trajo consigo la Gran Guerra. En cierto modo, siempre que atravesamos un período prolongado de inestabilidad política y económica se alzan voces que aseguran el fin de una época y el inicio de otra. En nuestros días palabras como regeneración, refundación, cambio y demás vocablos reformistas parecen querer dirigirnos a este escenario. Pero los hiatos en la historia son escasos y rara vez se producen en tan corto período de tiempo ¿Estamos ante uno de ellos?

La caída del muro de Berlín (uno de estos hiatos) supuso el desplome y el descrédito de la ideología comunista en el mundo. La victoria de la democracia liberal permitió que este sistema fuese paulatinamente adoptado por el resto de las naciones (con mayor o menor éxito, todo sea dicho) hasta convertirse, prácticamente, en el sistema político hegemónico. Algunos auguraron, una vez más, el “final de la historia” y, una vez más, se equivocaron. La aparición de nuevas formas de entender el Estado, ya sean el pseudo-comunismo chino, los regímenes bolivarianos o las “democracias” islámicas, muestran cómo existen alternativas a las democracias occidentales. Ahora bien, el hecho de que existan estas alternativas no significa, por sí solo, que sean mejores o peores ni tan siquiera que sean viables a largo plazo: sólo revela la existencia de opciones distintas a la que todos creíamos como deseable.

Un fenómeno global que ha contribuido a replantearnos nuestra forma de comprender la sociedad y de concebir los sistemas políticos es la revolución tecnológica, cuyo discurrir es muy superior a la capacidad que tenemos de adaptarnos a ella. Hace tan sólo un par décadas, y después de muchos años de investigación y trabajo, el móvil e internet empezaron a comercializarse. En ese momento parecían un avance estratosférico y se pensaba que sus implicaciones transformarían la sociedad, como así sucedió aun cuando tardaron varios años en generalizarse. Hoy las innovaciones aparecen cada pocos meses y las versiones de teléfonos, tablets, procesadores y consolas se suceden una tras otra casi sin darnos tiempo a habituarnos al anterior modelo. Estrechamente ligadas a este fenómeno emergen con una fuerza sobrecogedora las redes sociales que han configurado una nueva forma de comunicación en el mundo. Más frías y distantes (uno siempre se esconde detrás de la pantalla del ordenador) pero de mayor alcance y repercusión al ser, en su mayor parte, públicas.

La plaza, el mercado o el teatro han sido sustituidos por facebook, twitter e internet. La democracia, entendida del modo que lo hizo el mundo occidental durante los siglos XIX y XX, está hoy en jaque. Los parlamentos, en teoría representantes de la soberanía popular, han ido perdiendo su condición de espacio para el debate. Ahora la dialéctica política se ha trasladado a la calle y al mundo digital. El pueblo que antes hablaba a través de sus representantes, hoy lo hace con cientos de miles de voces en una arena en la que cada uno puede expresar su opinión. Ante este escenario, los cimientos del orden establecido se tambalean y hay quien llega a plantearse la necesidad de unas Cortes si la nación ya cuenta con otros medios por los que canalizar su voluntad.

Volviendo a Toynbee, hay un elemento en sus teorías que me parece acertado: la importancia que otorga a una minoría que empuja y da ejemplo al resto. En el momento en que esa minoría deja de ser el adalid “creativo” de la sociedad, se acomoda en el poder y no es capaz de ofrecer respuestas a los retos, la civilización inicia su decadencia. La relevancia de las élites o las minorías en el engranaje político es una constante en los escritos de filósofos e historiadores de todas las corrientes y escuelas (Aristóteles, Locke o el marxismo, entre otros muchos) quienes señalan a un pequeño grupo de dirigentes como los artífices del desarrollo humano.

El pueblo, con sus miles de gargantas gritando en distintos foros, es incapaz de articular ideas concretas y tan sólo puede acordar generalidades. Las minorías, que antes coordinaban el sentir popular, ahora han dejado de ser sus representantes y se muestran incapaces de componer un mensaje que satisfaga al resto, enfrentadas a obstáculos que parecen insuperables. De ser todo ello así ¿estamos ante el inicio de nuestro colapso?

Existen algunos signos que indican que así pudiera estar sucediendo. Toynbee incidía también en el descenso cualitativo de la cultura y la educación como factores de decadencia, y la disminución de ambas en nuestra sociedad es bien perceptible. Cojan un periódico y miren la programación de cualquier cadena de televisión. Que a pesar de ser la “generación más preparada de la historia” nuestro nivel de conocimientos básicos sea lamentable (el sonrojante suspenso de buena parte de los opositores al examen para acceder al profesorado de la Comunidad de Madrid da prueba de ello) muestra cómo teniendo todos los medios necesarios para profundizar en nuestra sabiduría optamos por acudir al camino fácil de la mediocridad.

El historiador árabe Ibn Jaldún, otro teórico del estudio del auge y caída de las civilizaciones, mantenía que el cenit del desarrollo humano correspondía a las sociedades sedentarias. Tras alcanzar su punto álgido de desarrollo, esas sociedades se acomodaban y acababan por debilitarse, siendo presa fácil para cualquier líder tribal o despótico que las invadía y recomenzaba el ciclo histórico. Hoy no parece tan descabellada esta idea. No digo que mañana vuelva a aparecer un Atila por las llanuras húngaras asolando Europa, pero es evidente que nuestra sociedad ha envejecido física y anímicamente y su capacidad de frenar movimientos “jóvenes” es muy limitada. De ahí que cada día sean más atractivas para muchos las causas anti-sistema, las organizaciones o asociaciones al margen de las establecidas o directamente los movimientos pseudo-totalitarios.

El filósofo alemán Herder ensalzaba el “vigor” de las sociedades medievales cuyas luchas por el poder, aunque caóticas y virulentas, mostraban la fuerza de un mundo en transformación. Ese “vigor” hoy ha desaparecido. Salvo en lo tecnológico, el mundo occidental y las democracias liberales están regidos por el inmovilismo y por el atrofiamiento de sus capacidades innovadoras. Nos refugiamos en el confort de nuestra sala de estar, buscando vivir lo más cómoda y tranquilamente posible. El anquilosamiento de las estructuras está corroyendo todo el sistema y las minorías de Toynbee parecen no dar solución a este problema.

Frente a esta situación y tras el brusco despertar que ha supuesto la crisis nuevos planteamientos empujan a un número mayor de personas hacia alternativas opuestas al “establishment”, especialmente a los jóvenes. Organizados a través del ciberespacio estos movimientos quizás puedan fracturar el sistema, puedan ser el nuevo Atila o el nuevo Napoleón que rompan con lo anterior y marquen el inicio de una nueva civilización.

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