La declaración de independencia de Jumilla

La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.”.

Podrán creer que esta cita es una parodia o una invención, pero nada más lejos de la realidad. El texto corresponde a la declaración de independencia proclamada por el cantón de Jumilla en 1873. Tras la caída de Amadeo de Saboya y el establecimiento de la I República afloró el debate sobre la instauración de una República Federal española, que trajo consigo la aparición del “movimiento cantonalista”, especialmente en el sur y el levante español. Se proclamaron pequeñas pseudo-repúblicas como las de Sevilla, Córdoba, Castellón o Cartagena. Apenas dos años duró la I República durante los cuales se sucedieron cuatro gobiernos distintos, las disputas sobre el modelo federal desembocaron en el caos y en la imposibilidad material de articular y gobernar el país, produciéndose espectáculos tan esperpénticos como las declaraciones de independencia de pueblos o la toma del cantón de Cartagena magistralmente narrada por Ramón Sender en “Mr. Witt en el Cantón”.

En los últimos meses el auge de los movimientos nacionalistas e independentistas está cobrando fuerza nuevamente en el mundo occidental. Quebec, Escocia o Cataluña revelan el anhelo de ciertas comunidades por obtener una mayor autonomía o, directamente, conformar nuevos Estados. Como sucede con todo aquello asociado al hombre, la búsqueda de la identidad nacional no es algo nuevo. El siglo XIX es un ir y venir de ideas nacionalistas inspiradas por el sentimiento romántico, en las que una veces predominan políticas integradoras movidas por fuerzas centrípetas que buscan y logran conformar nuevos Estados a partir de la unión de varios ya existentes (Italia y Alemania); mientras que otras veces se generan movimientos centrífugos que buscan la atomización de algún país, como sucedió en los Balcanes o durante la Primera República española.

¿Qué tienen en común todos estos movimientos? Sus promotores. Si analizamos cada uno de los movimientos nacionalistas veremos cómo son las élites las que los impulsan. El pueblo llano rara vez interviene y si lo hace es por instigación de sus dirigentes. Las razones son obvias, lo que se busca es obtener mayor poder. La unificación alemana fue promovida por los junkers prusianos que perseguían incrementar su control sobre el resto de landers, primero a través de la constitución del Zollverein y después con la creación del estado alemán. En Sudamérica, los movimientos independentistas no estuvieron liderados por indígenas, sino por criollos, herederos de los españoles acaudalados que buscaban controlar las rutas comerciales y obtener mayor libertad para comerciar con las metrópolis inglesa y francesa.

Lo que hay detrás de estos movimientos son intereses en gran parte económicos. El pueblo, como masa, es sólo un instrumento que se utiliza para alcanzar el fin buscado, pues su situación rara vez mejora y sigue estando atado a los mismos sujetos, que tan sólo han cambiado de nombre. Así lo expresaba Gaetano Mosca: “Aun admitiendo que el descontento de las masas llegara a destronar a la clase dirigente, aparecería necesariamente en el seno de la misma masa otra minoría organizada que pasaría a desempeñar el oficio de dicha clase. De otro modo, toda organización y toda estructura social sería destruida”. La independencia, entendida como la búsqueda de un “espacio vital” para dar cobijo a un pueblo con rasgos comunes, no es más que una construcción artificial, principalmente porque los Estados son entes artificiales cuyas fronteras van siendo delimitadas con el paso del tiempo a modo de tablero de juegos de mesa. Los países se van transformando, crecen o disminuyen, adoptan un nombre u otro, pero al final son sólo construcciones creadas por el hombre para delimitar su área de influencia. El resto de argumentos para justificar la creación de las naciones son mera retórica y tienen como única finalidad azuzar a las masas.

Los fenómenos actuales no son una novedad, ni por sus pretensiones, ni por sus adalides. Sería falso afirmar que los argumentos para reivindicar hoy un Estado catalán tienen más fuerza que hace cuatrocientos años; ni ahora, ni antes, el Estado catalán ha tenido sentido, más allá de la intención de las elites catalanas por acaparar mayor poder. Cuando Cataluña se levanta en 1640 contra Felipe IV, no lo hace porque sienta la imperiosa necesidad de constituirse en un Estado, sino por miedo a ver recortados sus fueros como consecuencia de las políticas centralistas del Duque de Olivares y su Unión de Armas, aprovechando, además, una situación de extrema debilidad de la monarquía hispana. Prueba de ello es que no sólo se levanta Cataluña, también se rebelan Valencia y Mallorca, ambas por los mismos motivos. La misma causa sirve para explicar el posicionamiento catalán a favor del Archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión, la defensa de los viejos fueros frente al centralismo de cuño francés de Felipe V. Tan sólo cuando se ven amenazados los intereses económicos de la región es cuando se esgrime toda la retahíla de argumentos soberanistas. Mientras la economía se mueve por su cauce normal no hay signos de este fervor nacionalista.

En un mundo en el que las fronteras se desvanecen y en el que cada vez aparecen más organizaciones supranacionales la existencia de estos movimientos es paradójica. Más aún si tenemos en cuenta sus pretensiones. Cataluña brama por un Estado soberano, pero al mismo tiempo se autoproclama europea y deseosa de entrar en la Unión Europea. Esto último supondría pérdida de soberanía en detrimento de Bruselas. De modo que primero dibuja su propia frontera, para luego desdibujarla. Lo mismo sucedió en 1640: Cataluña se levantó contra un “tirano” que buscaba eliminar sus fueros, para dar su trono a Luis XIV quien representaba el absolutismo más radical.

Cataluña es el ejemplo de cómo se puede tergiversar y estirar una idea para obtener mayor rédito electoral. Jamás ha sido independiente, jamás ha sido un Estado y carece de argumentos históricos para justificar sus pretensiones: sólo hace falta repasar los cientos de artículos y libros escritos sobre este tema para constatar que el Estado catalán no tiene una historia propia y separada de España (o Aragón en su defecto). Pero es que, más allá de los argumentos históricos, la cultura “catalana” tampoco revela unas características tales que justifiquen su independencia, no existe una identidad propia que sea diametralmente opuesta a la española (como fue el caso de la religión en los Balcanes) y un catalán no se diferencia más de un manchego que un andaluz de un asturiano.

España es hoy un Estado autonómico, cuasi-federal, y las competencias que tienen las Comunidades Autónomas superan con creces las que tienen atribuidas países teóricamente más federales, Alemania como ejemplo paradigmático. Ahondar en este proceso sería tapar con un esparadrapo la fuga de una tubería ¿Quién podría asegurar que una vez conformado un Estado federal, al día siguiente nadie exigiese un Estado independiente? Desde mitad del siglo XIX España ha intentado dar solución a las reivindicaciones nacionalistas que han acabado todas ellas en fracaso. En 1873 se buscó instaurar una república federal que dio como resultado el cantonalismo y la atomización de España. Sesenta años más tarde, la Segunda República volvió a intentar el modelo federalista, que desembocaría en la declaración del Estado catalán en octubre de 1934.

Mientras la situación económica continúe como hasta ahora el independentismo tiene una baza que jugar: siempre podrá alegar que si fuesen una nación saldrían de la crisis y que todo se debe a la mala gestión del gobierno de Madrid. La masa, ignorante y fácilmente manipulable, cederá y apoyará esta causa sin tan siquiera comprender qué conlleva e incluso la apoyará aunque sus dirigentes adopten las mismas decisiones que sus odiados españoles. Así lo expresaba Manuel Azaña en su discurso de 27 de mayo de 1932: “Se observa que hay grandes silencios en la historia de Cataluña, grandes silencios; una veces porque está contenta, y otras porque es débil e impotente; pero en otras ocasiones este silencio se rompe y la inquietud, la discordia, la impaciencia se robustecen, crecen, se organizan, se articulan, invaden todos los canales de la vida pública de Cataluña, embarazan la marcha del Estado de que forma parte, son un conflicto en la actividad funcional del Estado a que pertenece, en su estructura orgánica, y entonces ese problema moral, profundo, histórico, de que hablaba el señor Ortega y Gasset, adquiere la forma, el tamaño, el volumen y la línea de un problema político, y entonces es cuando este problema entra en los medios y en la capacidad y en el deber de un legislador o de un gobernante”.

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