Réquiem por el hombre de letras

De entre todas las formas musicales que han tenido un relativo éxito a lo largo de los años el Réquiem adquiere una cierta entidad cuasi atávica. Los de Mozart, Verdi y Fouré pueden ser tal vez considerados como los máximos exponentes. Tienen en común la capacidad de penetración en el espíritu del oyente hasta recovecos vedados a otras composiciones; al contener no sólo un factor meramente musical sino también religioso consiguen desplegar su faceta trascendente allí donde otros no pueden. El réquiem en sí constituye un lamento ante la pérdida, un alegato de la ausencia, en el caso de Mozart la de Cristo, en el de Verdi la de Manzoni. Depende luego de la propia habilidad del compositor facilitar el tránsito a otro estado emocional, sea ya mediante el recurso a la esperanza de un después o a la desesperación del nunca más.

El réquiem es la música del siglo XXI. La sinfonía lo fue del XIX, la dodecafonía del XX y a nosotros nos toca vivir en la más adusta y seria de todas las melodías. Cualquiera podrá decir que un simple vistazo a la aplastante realidad cotidiana convierte estos argumentos en lamentos de los adoradores del pasado, cascarrabias que anhelan la clámide senatorial o la Florencia de los Médicis, incapaces de apreciar los frutos de las cincuenta mil revoluciones –industrial, tecnológica, sexual, familiar, social, alimentaria- que hemos tenido la “suerte” de experimentar en los últimos siglos. No seré yo quien les muestre los precipicios de su razonamiento. Aquí sólo quiero hacer un pequeño alegato, mi “j’acusse” particular, a la última y más terrible víctima del siglo XX: el hombre de letras.

Decía Karl Kraus – ¡cuántos periodistas deberían al menos saber de su existencia!- que “existe cultura allí donde las leyes del Estado son paráfrasis de los pensamientos de Shakespeare”. Razón no le falta al genio vienés; lástima que su proposición caiga en saco roto al comprobar que aquellos pensamientos no es que sean ignorados, es que son totalmente desconocidos para los legisladores. Maquiavelo sacó al Estado de su candor infantil, si bien lo hizo a costa de su alma.

Ofrecer al lector un concepto de hombre de letras no es tarea fácil. Hay que evitar estrictas categorizaciones y ofrecer una definición que sea compatible con las variantes de la individualidad humana. Podemos por tanto empezar describiendo algunos rasgos comunes de nuestra “rara avis”. Antes de nada el hombre de letras es aquél que ha tenido la fortuna de vislumbrar cómo la sabiduría no es más que el poso que queda cuando todo lo demás se ha olvidado o perdido. Conoce las limitaciones humanas y al mismo tiempo es consciente de su voluntad de superarlas. Sabe, además, que esas limitaciones no se encuentran en el reino del peso y la medida, del más y del menos, de lo cuantificable. Ha conseguido entender que es el espíritu del hombre el encargado de portar el estandarte de lo que será su vida. Sabe, al igual que Séneca, que “ninguna otra ciencia es más difícil que la que se ocupa de la vida”.

Innumerables son las teorías que han abordado la dinámica del hombre en su faceta artística e igual de numerosos los fracasos. No se trata aquí tampoco de realizar un nuevo intento. Baste decir que las letras nos ayudan a entender quiénes somos, de dónde venimos y, lo que es más importante, a dónde demonios vamos. Las letras son al hombre lo que la sal a la comida; no es el elemento principal pero sin ella resulta muy “sosa”. De entre todas las cosas por las que el personaje de Woody Allen en su grandiosa “Manhattan” dice que merece la pena vivir, hasta llegar al rostro de Tracy, desfilan unos cuantos ejemplos de obras de arte en su máxima expresión: las manzanas y peras de Cezanne, el “Potato head blues” de Armstrong o la “Educación Sentimental” de Flaubert. La vida sin arte está reducida al silencio de la ignorancia.

La filosofía realista primitiva acertó cuando afirmaba que la razón impera al apetito con dominio político. Con esa clarividencia propia de los griegos antiguos comprendieron que, siendo el hombre el ser más voluble par excelence, se halla en la necesidad constante de ofrecer razonamientos fundados que de algún modo actúen de contrapeso al péndulo del corazón humano. El hombre de letras tiene la suerte de descubrir en el arte, la literatura, en la cultura, los argumentos irrefutables de una vida plena. Sabe que no existe ningún remedio para tranquilizar al espíritu intranquilo que sea superior a las Nocturnas de Chopin, que no hay transformación más desgarradora que las descritas en las obras de Kafka y que el hombre moderno no se entiende sin las letras de Dylan ni la música de Schoenberg.

Conjugando todos esos elementos entendemos ahora que el hombre de letras está centrado en el misterio de la vida y sabe que la solución del puzzle reside en la cultura. Evitamos así malentendidos que reducen nuestro protagonista a aquellos dedicados a las tradicionalmente conocidas como artes liberales. Esta aproximación es del todo equívoca. Pensemos que una de las figuras claves de la cultura española del siglo XX, el doctor Marañón, era médico. Es más, incluso un literato puede ser enemigo mortal de nuestro hombre de letras; como lo cercioran los interminables intentos de los autores de best-sellers por llevar a la literatura al barranco de la mediocridad y, una vez allí, pegarle el empujón necesario.

¿Y cómo es posible que siendo el hombre de letras un Prometeo eterno esté desapareciendo sin más? No cometeré el error de señalar un único culpable, en este proceso la lista de imputados llegaría hasta las orillas del Mar de la Tranquilidad. Más oportuno me parece describir algunos rasgos de la sociedad actual; que parece jugar a la ruleta rusa con todo aquello que le exija ejercitar dos o tres de las pocas neuronas que una vez tuvo.

Que en los planes de estudio se hayan suprimido horas dedicadas al Quijote para aprender a utilizar el power point ya me parece delito suficiente como para relegar al ostracismo más absoluto al mal llamado pedagogo que tuvo esta brillante idea. Thomas Mann aseguraba que “el hombre versado en las ciencias naturales podrá ser profesor, pero no será nunca un educador en el sentido y con el alcance que puede serlo el cultivador de las buenas letras” Cuando Ortega concibió a su hombre-masa dudo que imaginase el poder que algún día llegaría a tener. El hombre-masa se ha convertido en el director de orquesta de los medios de comunicación, en el maestro de escolares y en el titular dominical de la sin razón. Por eso razonaba Kraus que “el progreso ha subordinado el fin de la vida a los medios de vida y nos ha hecho accesorios de nuestros aparatos”. Parecemos vivir en una sociedad que persigue el instante que precede al instante siguiente sin nunca llegar a lo que un día fue tiempo duradero.

En esta coyuntura el hombre de letras se ahoga, o mejor dicho es ahogado. Sus armas, la reflexión y la cultura, han sido subastadas al mejor postor. Sus valedores, la universidad y el arte, prostituidos a los balances de cuentas y al poder político. También a él le podríamos acusar de cierta desidia que aceleró su prendimiento. Está abocado, de seguir así la cosa, a la erradicación. Hemingway nos advirtió que “el hombre no está hecho para la derrota”, que “un hombre puede ser destruido pero no derrotado”. No hay en esta batalla terreno intermedio y por tanto sólo dos salidas: la victoria o el adiós definitivo.

¡Menudo panorama entonces! Pues sí amigos, en esas estamos. Aún así, hay un pequeño margen de actuación. Toda revolución, y esto más que nada exige una, necesita un grupo pequeño de personas fuertemente convencidas que la lleven a cabo. El campo de batalla ha dejado de ser el castillo, la pradera o los arrabales de la ciudad. El frente se encuentra ahora en los medios que estructuran la vida del país, es decir, la familia, la escuela, la empresa, el gobierno, etc. La lucha ha prescindido de la pólvora y ha pasado a las ideas, los cañones son ahora libros y las balas – ¡pobres de nosotros!- mensajes de twitter.

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