La nostalgia del patriota

Hace muchos años que los países dejaron de ser países para convertirse en administraciones. Fue un proceso lento, sibilino, oculto a los ojos de las generaciones. En algún momento decidimos que todo aquello que un día nos unió debía ser suplantado por un conjunto de instituciones, agencias, cargos, tratados y convenios. Pasamos de ser hombres a ser ciudadanos. Dejamos de lado nuestra capacidad para el asombro y la sustituimos por la crítica; cambiamos el reconocimiento por la suspicacia; escondimos lo que nos hacia propios y mostramos tan sólo los trémulos hilos del contrato social. Lo común y lo particular dieron paso a lo público y privado. Y en ese proceso aprendimos que la nostalgia es lo único que queda cuando todo lo demás ha sido archivado en un almacén de la Comunidad Autónoma. “Oh mia patria si bella e perduta! Oh membranza si cara e fatal!”: así cantan las tribus de Israel la pérdida de su nación en la ópera Nabucco.

A algún lector le podrá parecer exagerado este lamento, más parecido al canto de un cascarrabias que al panegírico de lo ya extinguido. No todo está tan mal ni nunca llegaremos a ese punto: la incombustible ley del progreso siempre avanza indemne e inalterada, a pesar de los luditas de cada generación. Y sin embargo la nostalgia sigue estando presente, firme e imperturbable, en la memoria de los que han vivido o han llegado a conocer las maravillas ya pasadas. El hombre es un lobo para su propia especie y eso hace que tengamos que inventar nuevos escondites para evitar la carnicería auto infligida. No hay hueco para la reflexión sino un eterno huir hacia adelante, un eterno construir y reconstruir tras haber deshecho lo aparentemente inservible. Vivimos en un constante olvidar lo que fuimos y conseguimos, los logros del pasado se han convertido en las armas políticas del presente, todo es accesorio en el mundo del hoy.

En este mundo los patriotas sobran, no son bienvenidos, constituyen un incordio que es necesario desacreditar. Un verdadero patriota no es aquel que enaltece su patria por encima de todas, ciego a los demonios de su tierra y deslumbrado por un puñado de éxitos grabados en relieves y estatuas en la vía pública. Querer lo fácil de querer es bueno, pero no en exceso meritorio. Querer lo que nos hace a veces sufrir es bastante más complejo. Los anuncios del Tío Sam, lánguido índice en alto, apelan a aquellos que sobreestiman la gloria vana, y así se comprende que Pascal dijese que “la douceur de la gloire est si grande qu’à quelque objet qu’on l’attache, même à la mort, on l’aime”. Este patriotismo sólo entiende de conquistas y esplendores, no de derrotas y suplicios, contrapone cualquier conflicto a sus autoestablecidas señas de identidad, de tal manera que la única solución que le queda es rechazar la idea proveniente del exterior. Lo nuevo pasa a ser también peligroso si no viene de dentro, desde el sistema autoimpuesto no tanto por el país sino por la estructura creada dentro de él.

El mundo de las grandes guerras terminó el primer día del siglo XXI y ahora vivimos enfrentamientos, crisis y conflictos aderezados con incursiones o intervenciones preventivas. Y pese a todo, globalización incluida, el provincialismo parece tomar asiento en muchas partes de nuestro país. El orgullo, inusitado, por varios éxitos deportivos parece haber despertado una conciencia española desconocida hasta la fecha. Pero si el motivo del orgullo por mi tierra son los goles que un señor en calzonas pueda meter y sólo ese, si no recuerdo a escritores, pensadores, poetas, científicos, pintores, emperadores y monarcas, entonces no soy digno del país donde nací. Lo siento pero para mí va mucho antes Góngora que Casillas.

Los mal llamados patriotas practican el forofismo en vez del cariño por su esencia nacional. Somos hinchas de lo español en vez de españoles. Así se explica que nuestro orgullo dependa de nuestras victorias y sólo de ellas. Para ganar nosotros los demás deben perder, nos sometemos a la autoridad de los rankings sin tener siquiera en cuenta que, aún siendo quintos en lo que sea, hay más de cien países detrás de nosotros. Al patriota de pacotilla el mundo se le hace grande porque sus fronteras se agotan en los Pirineos; pobre de él. No entiende, como sí lo hizo Kipling, que “Dios dio a los hombres la tierra entera para que la amaran, pero como nuestros corazones son pequeños, decretó que cada cual amara un lugar por encima de todos los demás”. La clave está en el “por encima”, no a pesar. La nobleza de espíritu hace que sea imposible amar el barrio de San Luis de Sevilla y despreciar el de Saint Germain de París.

El propio Verdi –padre como ninguno del espíritu italiano- dio música en la Traviata a los siguientes versos: “al natío fulgente sol qual destino ti furo’?/ Oh, rammenta pur nel duol ch’ivi gioia a te brillo’;/ E che pace cola’ sol su te splendere acor puo”. Prueba del intelecto genial es aprender a no dejarse engañar por lo superfluo y fijar la mirada en lo esencial. Lo efímero parece haber cogido fuerza en nuestra sociedad y todo lo pasajero adquiere un ímpetu que nunca debió tener; mientras que aquello que de verdad importa, lo que hace que seamos un país y no un conjunto de aficionados, queda relegado a la sombra del sumario de los informativos. Francis Bacon una vez dijo que “los monumentos de la sabiduría sobreviven a los monumentos del poder” y ahora parece que la misión de los últimos es destruir a los primeros.

Un patriota quiere a su país por lo que es. Desde lo blanco a lo negro pasando por toda la escala de grises, conoce y acepta que el objeto de su afecto no es un ente inmaculado sino, como toda creación humana, lleno de imperfecciones. Los padres quieren a sus hijos por lo que son, no por lo que quieren que sean. El patriota es un verdadero realista, no vive en la ilusión perpetua del poder ser. Y esta realidad es innata en el carácter español, mal que le pese a algunos cuantos. Son muchos quienes, como Stendhal, se han dado cuenta que “el pueblo español ignora toda una serie de pequeñas verdades, pero conoce profundamente las grandes, y tiene carácter e inteligencia suficientes para atenerse a sus últimas consecuencias”.

La solución parece haberse perdido por el camino y nuestro destierro no ha sido a Babilonia sino al limbo de la superficialidad. Nuestro Nabucodonosor se ha encarnado en las multitudes del hombre masa de Ortega. Pero al igual que los descendientes de Jacob, tenemos armas con las que luchar. Puede que nuestras manos no empuñen las armas que algún día destruyan el estupor de nuestra sociedad, pero sí podemos crearlas. Y en esa facultad creativa el estandarte lo lleva el recuerdo, no de la gloria pasada y sí de lo que fuimos y dejamos de ser. Y del recuerdo nace la nostalgia, esa sensación agridulce que nos lleva a amar un pasado ya extinguido al que adherimos los sentimientos que una vez nos hicieron sentirnos vivos, tanto los buenos como los que deseamos olvidar. La nostalgia nos hace firmes ante el impulso al olvido.

El coro de los esclavos en Nabucco prosigue así su lamento: “Le memorie nel petto raccendi, ci favella del tempo che fu”. Ellos aprendieron que el principal enemigo no es el reino opresor sino el olvido desencadenado por décadas de alejamiento. Es posible que después de tantos años hayamos olvidado ser como nos corresponde y sólo sepamos ser caricaturas de nosotros mismos.

Hace tiempo que España cayó en un estupor narcotizante y su sociedad, antaño prodigiosa, se dirige a la hecatombe del conformismo y de la comodidad complaciente. Contra estas enfermedades es difícil luchar si las únicas armas son el orgullo ojalatero de la victoria esporádica. Necesitamos volver a pensar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser. Jamás seremos una sociedad perfecta, porque la perfección más allá de los sonetos de Quevedo y de la música de Beethoven apenas existe para el hombre. El iluso que vive en el optimismo perpetuo ha perdido completamente la razón, ignorante de que el progreso no equivale a la mejora. El optimista es un personaje del que hay que desconfiar ya que o bien no conoce la situación o no la entiende.

Las armas que nos quedan entonces son el recuerdo y la esperanza, el conocimiento de lo que en su día fuimos capaces de ser y el anhelo de que podremos volver a serlo. Sólo así seremos capaces de responder al grito de Lord Byron cuando clamaba “Awake, ye sons of Spain! Awake! Advance!/ Lo! Chivalry, your ancient goddes, cries”.

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